
Paisaje Nevado de Hervás
La tormenta de nieve la sorprende cerca de la cima. Los pedazos de hielo arrancados por el viento le hieren los párpados tiernos. A través de los remolinos blancos, no muy lejos, vislumbra una forma gigantesca, un enorme arco de piedra, el ingreso a un gélido jardín perennemente en calma, lleno de rosas de hielo. Crecen en hileras ordenadas, unas tras otras, todas igualmente bellas y perfectas, igualmente eternas y eternamente dormidas. Al fondo, el poeta vestido de monje siembra nuevas cosechas. Mete la mano en un saco que cuelga de su cuello y lanza el contenido a puñados sobre la mullida nieve que cubre el suelo. Las palabras escritas en tinta negra trazan improbables parábolas en el aire y caen sobre el manto blanco como atraídas por una fuerza irresistible. Por unos segundos sobre la insólita página se leen herméticos mensajes que sólo el jardinero puede entender, pero el frío es tal que las inusuales semillas inmediatamente empiezan a palidecer y se convierten en nuevas plantas de hielo.
En el monasterio de nieve, en lo alto del pico, en el lugar más apartado e inaccesible que ha encontrado, el poeta cultiva jardines de escarcha y carámbanos, rosas de hielo en la nieve.
Aunque no la ha visto antes, apenas la divisa a lo lejos la reconoce y tiembla. Ella avanza cubierta con una ligera túnica, descalza. No teme el frío. Su piel pálida funde el hielo y derrite la nieve. Sus pies penetran sin esfuerzo alguno en el espeso manto. Avanza dejando a su paso un reguero de huellas profundas, de nieve quemada, un camino abierto en el blanco intacto.
Fragmento de "Volverá el aroma al guardián de las espinas", de Salomé Guadalupe Ingelmo. Accésit en el XIII Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve convocado por la Universidad de La Laguna.
Los caminos no sólo han de ser descubiertos, sino también recorridos. Recorridos una y otra vez voluntariosamente, disciplinadamente. No sólo para no olvidar los senderos de acceso, sino también para que el suelo que pisamos no olvide la horma de nuestro pie. Porque lo mismo que nosotros añoramos la montaña cuando estamos lejos, ella también añora nuestro paso. No obstante sospecho que las distancias entre los cuerpos no las dictan siempre las leyes de la Física: las presencias son, diría, fruto de la voluntad y también de la disciplina, esa palabra tan injustamente denostada. Lo mismo, creo, les sucede a las oportunidades. Las coincidencias no existen; coincidir es un laborioso trabajo de precisión en el que dos ponen todo su empeño al servicio de una única empresa común, una sin la que ambos se sienten incompletos, huérfanos.
ResponderSuprimirTu bella entrada me ha recordado una canción de mi muy admirada Pink, una que utilicé en una de mis entradas hace ya algún tiempo, “Catch me while I’m sleeping”. Quizá la recuerdes… Besos grandes