
Paisaje de Toledo (El Tajo)
Acababa de pasar el invierno y el sol, aunque tibio, comenzaba a calentar de nuevo. Al volver la mirada a las cercanas cumbres, a lo alto (porque siempre hay que mirar a lo alto; todavía hay que mirar al cielo), entre las extensiones inmensas de rocas negras, hoscas, ya resecas, veo surgir un árbol de buen tamaño: totalmente blanco. Y resplandece allí, único, en medio de la aridez y la dureza. En un paisaje improbable y de futuro incierto. Pero su blancura es tan impoluta que a penas se puede mirar de frente; su belleza ciega. Como ciegan las lágrimas que arranca su fe terca.
Yo creo aún en los milagros. Yo elijo, aún, voluntariamente, seguir creyendo.
Textos de: Salomé Guadalupe Ingelmo
Resulta siempre gratificante que tus textos alcancen al lector, y que sugieran. Quizá mucho más cuando sugieren a otro creador, ya que la empatía se ve manifestada, reflejada, de forma tangible. Es muy curioso que hayas escogido precisamente este cuadro en el paisaje parece “en tierra viva”: me fascinan en general, las heridas de la tierra y de hecho tenía previsto colgar una entrada próximamente al respecto. La pisamos constantemente y ella nos acoge de forma generosa. Pero raramente nos pasamos a observar las cicatrices que quedan del paso rudo y torpe (riadas, excavadoras y demás maquinaria pesada…) y a aliviar esa huella con la caricia. Muchas gracias por todo. Besos.
ResponderSuprimirTome este cuadro porque me evoco tu relato con árbol y todo, mas la luz cegadora de las tierras vírgenes que dan todo su esplendor cuando el rastro humano todavía no ha llegado. por cierto esta ruta se llamaba Camino de los Cigarrales.
ResponderSuprimirMas gratificante me resulta e inhóspito un caso como el tuyo, créeme los besos no serán suficientes, quiero mas, lo quiero todo...